lunes, 11 de agosto de 2008

Buscando al Dios de Darwin (I)

Agosto 8th, 2006

Introducción 

El gran vestíbulo del centro de convenciones Hynes, en Boston, no se parece en absoluto a una iglesia.  Aún así, yo me senté allí, sonriente entre una audiencia de científicos, moviendo mi cabeza y riéndome de mí mismo al recordar otra charla impartida hace mucho tiempo en una iglesia y dirigida a una audiencia de niños. 
Sin aviso previo, acababa de experimentar uno de esos momentos del presente en los que conectamos con nuestros recuerdos perdidos del pasado.  Los psicólogos nos dicen que estas cosas pasan todo el tiempo.  Cinco mil dias de infancia quedan almacenados, no en orden cronológico sino más bien en pequeños fragmentos unidos por medio de palabras, sonidos, o incluso olores que nos hacen recordarlos sin razón aparente cuando algo ‘refresca’ nuestra memoria.  Y de la misma forma unas pocas palabras, pronunciadas en la conferencia sobre biología del desarrollo, me habían trasladado al dia antes de mi primera comunión.  En esa época yo tenía ocho años y estaba sentado junto a los chicos en el lado derecho de nuestra pequeña iglesia (las chicas se sentaban en el izquierdo), y nuestro pastor estaba hablando.
Dando los últimos retoques a un año de preparación para el sacramento, el Padre Murphy intentó impresionarnos haciendo referencia a la realidad del poder de Dios en el mundo.  Apuntó al altar, cuya superficie de marmol brillaba con el sol, y nos aseguró fírmemente que Dios mismo lo había moldeado.  ‘Sí, hombre’, susurró el chico que yo tenía al lado.  Sin embargo, preocupado de que pudiera haber un hijo o hija de cortador de marmol entre la audiencia, el Padre Murphy echó marcha atrás.  ‘Bueno, el no construyó el altar ni lo trajo aquí ni puso el cemento… pero Dios mismo creó el marmol hace mucho tiempo, y lo dejó para que alguien lo encontrara y lo transformara en parte de nuestra iglesia’.

No estoy seguro de si nuestro pastor percibió que esa descripción de Dios como artesano estaba provocando cierto escepticismo, pero no importa.  Tenía otro truco bajo la manga, un argumento que nunca le había fallado y que no podía fallar.  Se acercó al altar y cogió una flor del florero.

‘Mirad la belleza de esta flor’, comenzó.  ‘La Biblia nos dice que ni siquiera Salomón con toda su gloria fué vestido como una de ellas.  Y, ¿sabeis qué?  No existe nadie en este mundo que nos pueda decir qué es lo que provoca que una flor nazca.  Todos esos científicos en sus laboratorios, todos esos que pueden dividir átomos y construir aviones y televisores… bien, ni uno solo puede decirnos cómo de las plantas pueden nacer flores’.  Pero, ¿por qué deberían poder hacerlo?  ‘Las flores, como nosotros mismos, son la creación de Dios’.

Yo quedé impresionado.  Nadie discutió ni intentó pasarse de listo.  Todos salimos de la iglesia como buenos chicos y chicas, listos para nuestra primera comunión al dia siguiente.  Y yo no volví a pensar en ello hasta esta conferencia sobre biología de desarrollo.  Allí, entre medias de dos conferenciantes encargados de hablar de temas más de moda como el desarrollo animal, se encontraba Elliot M. Meyerowitz, científico de plantas de Caltech.  Algunos de mis compañeros, nada interesados en el tema de las plantas, se levantaron para estirar las piernas antes de la charla final, pero yo me quedé en mi sitio con una sonrisa de oreja a oreja en mi cara.  Tomé notas con muchas ganas; dibujé los diagramas que nos enseñó en la pantalla y escribí mis propias anotaciones en los márgenes.  Meyerowitz, como podéis imaginar, nos había explicado cómo nacían las flores de las plantas.

Las cuatro partes fundamentales de una flor – sépalos, pétalos, estambres, y pistilos – son todas hojas modificadas.  Esta es una de las razones por las que las plantas pueden producir células reproductivas en cualquier parte, mientras que los animales están limitados a ciertos órganos reproductivos muy específicos.  Tu dedo meñique no va a comenzar a generar células reproductivas de un momento a otro.  Pero cuando llega la primavera, el extremo de cualquier rama de un manzano puede florecer y comenzar a desprender polen.  Las plantas pueden producir nuevas flores en las mismas zonas donde pueden crecer nuevas hojas.  Sin embargo, las plantas deben poseer una forma de ‘decir’ a un grupo de hojas corriente que deben transformarse en flores.  Esto es precisamente lo que la investigación de Meyerowitz intentaba explicar.

Después de varios años de paciente estudio genético había conseguido aislar un grupo de mutantes que podían dar lugar solamente a dos o tres de esas cuatro partes de la flor.  Combinando los distintos mutantes, su equipo había conseguido identificar cuatro genes que tenían que ser activados o desactivados siguiendo distintos patrones para producir una flor normal.  Cada uno de estos genes manda señales que dice a un nuevo extremo si debe desarrollarse formando un sépalo o un pétalo en lugar de una hoja ordinaria.  Los detalles son extraordinarios, y las interacciones entre los genes fascinantes.  Para mí, sentado entre la audiencia treinta y siete años después de mi primera comunión, aquellos detalles científicos eran la guinda de mi pastel.  Y su mensaje era, ‘Padre Murphy, estabas equivocado’.  Las flores no las produce Dios. Las producen los genes de inducción floral.

El error de nuestro pastor, un error común que se repite mucho, fue intentar buscar a Dios en aquello que la ciencia aún no había descubierto.  El suponía que es mejor encontrar a Dios en aquel territorio que aún desconocemos, en las esquinas oscuras que no han visto aún la luz del conocimiento.  Sin embargo, da la casualidad de que esos son precisamente los lugares equivocados para buscar.

http://www.lupaprotestante.com/blogs/textoseideas/?p=11


Tags: Darwinismo, Dios

Publicado por Desconocido @ 12:32
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