Buscando al Dios de Darwin (IV)Posted in Agosto 8th, 2006
Las armas de la incredulidad
Nos gusta considerarnos como la mejor especie y la más brillante. Nosotros somos las criaturas especiales, primarias e intencionadas de la creación. Estamos sentados en la cima del arbol evolutivo como los productos finales de la naturaleza, auto-proclamados y conscientes de ello. Nos gusta pensar que el propósito de la evolución fué producirnos a nosotros.
Sin embargo, desde un punto de vista puramente biológico, esta visión reconfortante de nuestra posición en la naturaleza es falsa, un producto distorsionado y exagerado por las propias imperfecciones de los espejos que usamos para mirar la vida. Sí, es verdad que objetivamente estamos entre los animales más complejos, pero no en todos los sentidos. Entre todos los sistemas de nuestro cuerpo, sólo somos los claros ganadores en complejidad fisiológica en uno de ellos – el sistema nervioso – e incluso ahí un no-primate (el delfín) puede llegar a rivalizar con nosotros.
Yendo al grano, cualquier estudio fiable del proceso evolutivo muestra que la idea de la existencia de una especie que ha evolucionado por encima de las demás es incorrecta. Todos los organismos, incluso todas las células que viven hoy, son descendientes de una larga linea de ganadores, de antepasados que utilizaron estrategias evolutivas satisfactorias una y otra vez, y que por tanto han vivido para contarlo – o, al menos, para reproducirse. La bacteria que está posada en el borde de mi taza de café ha llegado hasta ahí a través de tanta evolución como yo. Yo tengo la ventaja del tamaño y de la consciencia, que es importante cuando escribo acerca de la evolución, pero la bacteria tiene la ventaja del número, la flexibilidad, y, sobre todo, la velocidad de reproducción. Esa pequeña bacteria, dadas las condiciones adecuadas, podría literalmente llenar el mundo con sus descendientes en unos pocos dias. Ningún ser humano, ningún vertebrado, ni ningún animal podría jactarse remotamente de algo tan impresionante.
Lo que la evolución nos dice es que la vida se expande a través de ramificaciones y caminos sin fin partiendo de cualquier punto inicial. Uno de esos puntos iniciales ha llevado, con el paso de los años, hasta nosotros. Aunque nosotros nos maravillamos y nos preguntamos cómo es posible que ocurra algo así, si somos justos y miramos al árbol de la vida veremos que nuestra ramita se hace muy pequeña en comparación con el gran número de otros muchos miles de ramas que se han expandido en todas las direcciones. Nuestra especie,
Homo sapiens
, no ha ‘triunfado’ en la lucha evolutiva más que, por ejemplo, una ardilla, un diente de león, o un mosquito. Todos estamos aquí ahora, y eso es lo que importa. Todos hemos seguido distintos caminos para llegar al presente. Todos somos vencedores en el juego de la selección natural - los ganadores
actuales
, deberíamos recalcar.
Este, para muchos, es exactamente el problema. Entre todos esos miles de ramas y caminos, ¿cómo podemos estar seguros de que alguno de ellos llevaría de forma histórica e inevitable hasta nosotros? Considerad esto: los mamíferos ocupamos hoy día, en la mayoría de los ecosistemas, el papel de grandes y dominantes animales terrestres. Sin embargo, por mucho tiempo los mamíferos estuvieron limitados a hábitats donde sólo criaturas muy pequeñas podían sobrevivir. ¿Por qué? Porque existía otro grupo de vertebrados que dominaba la tierra – hasta que, como Stephen Jay Gould ha mostrado, el impacto cataclísmico de un cometa o un asteroide provocó la extinción de esos gigantes. ‘De una forma muy literal,’ escribe Gould, ‘debemos nuestra existencia como animales grandes y pensadores a las estrellas de la suerte’.
Así que, ¿qué habría pasado si el cometa hubiera fallado? ¿Qué habría pasado si nuestros antepasados, y no los dinosaurios, hubieran sido los extinguidos? ¿Qué habría sido de nosotros si durante el período Devoniano la pequeña tribu de peces llamados ‘rhipidistians’ hubiera sido eliminada? Entonces se habría evaporado cualquier posibilidad de vida para los tetrápodos. Puede que los animales vertebrados nunca hubieran luchado para conseguir llegar hasta la tierra, dejándola, en palabras de Gould, para siempre ‘bajo el dominio absoluto de insectos y flores’.
Esto parece indicar que la aparición del ser humano en este planeta
no
fue pre-ordenada, que no estamos aquí como el producto inevitable de una procesión de éxitos evolutivos, sino más bien como algo que no estaba planeado, un detalle mínimo, algo que ocurrió pero que podía no haber ocurrido de igual manera. La conclusión que tanto creyentes como no creyentes sacan de este razonamiento es normalmente aceptada por todos los bandos – que ningún Dios podría haber usado un proceso así para moldear sus queridas criaturas. ¿Cómo podría haber estado seguro que, dejando el trabajo en manos de la evolución, todo habría funcionado de la forma ‘correcta’? Si de verdad era la voluntad de Dios el producirnos, entonces al mostrar que somos el producto de la evolución Dios habría quedado en una posición ambigua. He ahí el peligro o el valor de la evolución.
Pero, ¡no tan rápido! La explicación biológica acerca del conjunto de sucesos afortunados que han tenido que ocurrir en la historia para que nosotros apareciésemos en este planeta es, sin duda, muy precisa. Pero no se puede sacar la conclusión de que, por el simple hecho de percibir que cualquiera de las partes del proceso podía no haber ocurrido, eso significa que es incompatible con la voluntad de Dios. Sacar esta conclusión subestima seriamente a Dios, incluso si al hablar de Dios nos referimos a aquél en el que creen las religiones más convencionales de Occidente.
Es cierto que la diversificación explosiva de la vida en este planeta fue un proceso impredecible. Tan impredecible como la aparición de la civilización Occidental, el colapso del imperio Romano, y los números ganadores de la lotería de anoche. Normalmente no creemos que el hecho de que existan eventos indeterminados en la historia humana no puede coexistir con la existencia de un Creador; ¿por qué entonces deberíamos considerar eventos similares de la historia natural de forma distinta? Yo creo que no hay razón alguna para hacer eso. Si podemos entender los eventos indeterminados que han ocurrido en nuestras familias y que nos han moldeado en las personas que somos hoy como consistentes con la existencia de un Creador, entonces también podemos hacer lo mismo con la cadena de circunstancias que han producido nuestra especie.
La otra alternativa es un mundo donde todos los eventos tienen conclusiones predecibles, donde el futuro no está abierto a cualquier posibilidad ni a cualquier acción humana independiente. Un mundo en el que la evolución de nuestra especie hubiera estado predeterminada unicamente por medio de leyes naturales fijas habría sido a la vez un mundo en el que no habríamos podido ser libres. Para un creyente, la particular historia que ha dado lugar a nuestro ser muestra que somos realmente sorprendentes, que el regalo de la consciencia es ciertamente muy extraño, y que la oportunidad que tenemos para entender todo esto es preciosa.
http://www.lupaprotestante.com/blogs/textoseideas/?p=14
Tags: Darwinismo, Dios