lunes, 08 de septiembre de 2008
Debatiendo a Darwin
Posted in Enero 20th, 2008 
Hace poco he escuchado y leído acerca de la última entrega del debate entre la evolución y la creación (o el ‘diseño inteligente’ dependiendo a quién preguntemos); esta vez en tierra española. Parece que todo llega a este país de una forma u otra, y la polémica moda de intentar introducir ciertas ideologías en foros científicos cuestionando teorías como la de la evolución como si fuera algo que se puede poner en duda a la ligera por cualquiera que no esté de acuerdo con ello (repito: no porque se hayan encontrado evidencias que lleven a la conclusión de que la evolución está equivocada, sino porque simplemente no se está de acuerdo con ella) ha llegado a nuestras universidades; y no se irá sin que aún oigamos mucho ruido acerca del tema.
Parece que mucha gente tiene problemas para entender cómo funciona el método científico. Quizá usando un ejemplo la cosa se aclare un poco. Usaré el ejemplo de cómo el método científico ha sido aplicado a un objeto que dista millones de kilómetros de nosotros y que por lo tanto no puede ser metido en un laboratorio y analizado de manera directa. Creo que este ejemplo ilustrará algunas cosas acerca de la manera en la que trabaja un científico. El objeto elegido es nuestro amado Sol. En un principio esta estrella de tamaño medio atrajo la atención de muchos pueblos. Para los egipcios, por ejemplo, se trataba del dios Amon-Ra mientras que los griegos lo relacionaban muy de cerca con el dios Apolo. Estos dioses tenían poder divino y cuando de repente su luz dejaba de brillar sin ninguna razón aparente cundía el pánico generalizado entre las gentes. Así vivimos por muchos siglos.
La divinidad del Sol recibió su primer golpe cuando Anaxágoras argumentó en el 434 a.C. que el Sol no era más que una bola de fuego flotando en el aire encima de la Tierra. Tal fue la ira de los ciudadanos de Atenas que este atrevido hombre fue condenado por las autoridades y expulsado de la ciudad para siempre. ¿Cómo podía atreverse a afirmar que el divino Sol podía ser explicado por mera materia? Hoy día sabemos bastante más acerca del Sol, y no gracias a las teorías divinas e historias mitológicas. Nombres como Isaac Newton, Joseph Fraunhofer, Gustav Kirchoff, Norman Lockyer, William Ramsey y Wilhelm Wien (por nombrar solo unos pocos) nos han llevado a descubrir, por medio de hipótesis y experimentos de laboratorio, la temperatura del Sol y su composición, pasando por el descubrimiento de nuevos y desconocidos elementos químicos como el helio.
A pesar de estos avances nadie se atrevería a sugerir que nuestro entendimiento del Sol ha llegado hasta tal punto que aquellos que estudian la física solar deberían ocuparse de otros temas. Sería estúpido suponer que ya no hay nada más que conocer acerca del Sol. De hecho, este siglo puede presentarnos con nuevas oportunidades que nos ayuden a incrementar nuestro conocimiento del Sol. Y cuando eso ocurra no sería sorprendente encontrar que nuestro entendimiento de la física solar deba ser revisado y modificado. Entendido correctamente el conocimiento científico es siempre tentativo y ninguna respuesta es final. Pero eso no significa que no tengamos suficientes razones como para creer con un alto nivel de certitud que conocemos la posición del Sol, su temperatura, su composición química y la fuente de su energía.
La pregunta es: ¿podemos considerar la composición del Sol, donde nunca hemos estado, como un hecho científico? Un crítico podría decir que existe una cierta suposición en la misma base del método científico que ha de ser aceptada de antemano; llamémosla ‘materialismo científico’. Esta suposición implica la aceptación de que objetos y eventos del mundo natural pueden ser explicados usando propiedades puramente materiales. Cuando Kirchoff descubrió en un laboratorio que el sodio producía ciertas líneas oscuras similares a las líneas del espectro solar que antes había encontrado Fraunhofer hizo uso de manera inmediata de dicha suposición: si solamente un elemento puede producir este tipo de líneas en las Tierra, entonces ese mismo elemento tiene que producirlas en el Sol. Al suponer que las leyes de la física y la química eran constantes, Kirchoff y otros con él consiguieron extender el alcance experimental de la ciencia varios millones de kilómetros, de la Tierra hasta el Sol. Y vaya si obtuvo resultados.
Es cierto que el ‘materialismo científico’ da ciertos pasos de fe. En su base se encuentra la afirmación de que los fenómenos naturales pueden ser explicados por medio de causas materiales. Esa creencia, por supuesto, podría ser retada. Si yo quisiera atacar esta afirmación materialista podría entrar en una reunión de físicos solares, por ejemplo, y proclamar que el Sol no contiene helio. Probablemente alguien del grupo me preguntaría: ‘¿Cómo explica usted entonces los 587.6 nanómetros de pico de emisión de la atmósfera solar?’. Y mi respuesta podría ser: ‘¡Yo no tengo que explicar nada! La luz del Sol, creo yo, es un milagro. Las fuerzas sobrenaturales son responsables de ella y esas fuerzas no son explicables por el método científico’. Y podría continuar diciendo: ‘Admitirá usted que mi explicación es tan buena como la suya. La única diferencia es que usted finge ser objetivo cuando realmente no lo es. Lo que usted llama trabajo científico está basado en suposiciones ocultas a favor del materialismo científico. Yo no sigo tales suposiciones. De hecho, podríamos decir que yo soy realmente el que tiene una mente abierta porque admito la posibilidad de milagros mientras que usted no lo hace’. Y estas frases son las que de hecho estamos encontrando desde hace décadas (y hoy día también) en algunos frentes religiosos.
Que nadie lo dude: todos somos libres a la hora de pensar y podemos creer todo tipo de cosas. Esta misma mañana he contemplado ante mi asombro a varias personas describiendo cómo ellos estaban seguros de que en una vida anterior habían sido soldados romanos, príncipes franceses y otros personajes distintos. La razón de que estas personas no estén en un centro siquiátrico es que derivan todas estas ideas de su creencia religiosa que, en este caso, acepta la posibilidad de la reencarnación. Me parece bien. Todo eso es parte de la libertad de pensamiento; si quieres creer que fuiste Napoleón en una vida anterior, adelante. Algo muy distinto, sin embargo, es enfrentar estas creencias con el método científico e intentar que la comunidad científica acepte este tipo de argumentos como si estuvieran a la par con los otros, como si todos fueran simplemente distintos tipos de fe. Cuando provocamos enfrentamientos de este estilo yo creo que las evidencias apuntan en una dirección. Volviendo a nuestro ejemplo del Sol, las líneas que descubrió Fraunhofer pueden ser duplicadas hoy día en los laboratorios. El análisis del espectro solar llevó al descubrimiento de un nuevo elemento químico desconocido hasta el momento, el helio, elemento que luego fue encontrado en la Tierra y que se usa hoy para, entre otras cosas, llenar globos para entretener a los niños. Cuando el helio fue descubierto en la Tierra las suposiciones hechas por el método científico fueron confirmadas una vez más.
¿Pero podemos aplicar el ejemplo del Sol al problema de la evolución? La respuesta es evidente: ¡por supuesto que podemos! De hecho nuestra conexión con el pasado es mucho más fuerte e informativa que nuestra conexión con nuestros vecinos astronómicos; las pistas que deja el pasado son más directas y el material del pasado está aún hoy con nosotros. Si sabemos dónde mirar podemos literalmente desenterrar lo que el pasado nos ha dejado escondido. Y este esfuerzo ha sido realizado por cientos de científicos alrededor del mundo durante las últimas décadas dejándonos con una teoría que, aunque no finalizada, consigue explicar un amplio número de todas esas evidencias. Es ahí que se plantean de nuevo las mismas preguntas que se planteaban en el párrafo anterior acerca de la posibilidad de otras teorías alternativas. ¿No deberíamos acaso abrir la puerta al debate entre teorías e ideologías?, ¿por qué no vamos a poder debatir la posibilidad de que Dios creara el mundo en 6 días?, ¿por qué no vamos a escuchar las teorías que otras religiones nos plantean acerca de la creación del universo y que echan por tierra (según dicen ellas) la teoría de la evolución? El Talmud nos relata algo así como 938 historias de la creación: ¿por qué no vamos a hacer un debate en alguna universidad acerca de cuál de ellas es la que deberíamos aceptar y cómo la existencia de todas ellas nos muestran con claridad que la teoría de la evolución es solamente una más en un conjunto mucho más amplio?, ¿es que ya no hay libertad de expresión? ¿Y qué hay de la posibilidad que nos ofrecen los musulmanes de que Adán y Eva cayeran desde otro planeta?, ¿no cuenta eso como evidencia de que quizá sí exista vida en otros planetas (al fin y al cabo la ciencia aún no ha dado una respuesta clara sobre este tema)?
Podemos ponernos cabezones y declarar sin pelos en la lengua que tanto la evolución como la creación del universo en 6 días son dos teorías igualmente válidas que simplemente reflejan dos cosmovisiones muy distintas pero que ambas están a la misma altura y por tanto deberían ser debatidas en centros académicos y universidades, así como enseñadas en los libros de ciencia de los colegios como teorías alternativas. Y sin embargo, cuando miramos las evidencias que tenemos acerca de ello, u otros ejemplos similares como el del Sol, hay algo que nos dice que esta forma de hablar tiene truco, que no está siendo completamente honesta en la manera de expresar la realidad y de enfocar los verdaderos asuntos involucrados en estos debates. Podemos gritar con mucha fuerza y utilizar toda nuestra influencia política y todo nuestro dinero para proclamar que, por ejemplo, la astrología y la astronomía son dos ramas equivalentes e igualmente válidas que consiguen explicar las mismas evidencias igualmente bien, y que solo depende de la cosmovisión que elijamos. Podemos gritar, pero eso no implica que eso sea verdad.
Lo cual nos trae directamente al asunto que ha creado polémica los últimos días en la universidad de Vigo al denegarse el uso del Aula Magna de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicaciones para unas conferencias bajo el título: ‘Lo que Darwin no sabía’, organizadas por el PSSI y que iban a ser dadas por Thomas Woodward (defensor del diseño inteligente y profesor de misiones, evangelismo y ciencia en el Trinity College de Florida) y Geoffrey Simmons (que pertenece al Discovery Institute y que es uno de los directores del PSSI). Os animo a todos a que investiguéis un poco de dónde procede esta asociación (PSSI), cuál es su ideología, qué argumentos usan y quiénes son sus asociados americanos. Todo esto recuerda a lo que ha estado ocurriendo en los EEUU en las últimas décadas con respecto al debate entre evolución y diseño inteligente. Si bien es cierto que todo comenzó como algo inocente y que en un principio los científicos accedieron a debatir dichas ideas en distintos foros de prestigio, poco a poco se fue observando que la motivación principal de este tipo de debates (liderados por el Discovery Institute) no era tanto mostrar y discutir las evidencias científicas que se poseían sino más bien intentar meter el diseño inteligente dentro del discurso científico de una manera u otra: de esa forma se conseguía dar el mensaje a las personas de fuera de que si los científicos más renombrados habían accedido a entrar en debates acerca de estas teorías, eso implicaba que la comunidad científica consideraba teorías como el diseño inteligente como científicas y dignas de ser consideradas y debatidas. Cuando la comunidad científica se dio cuenta de esta estrategia dieron marcha atrás y decidieron que no querían participar en este tipo de debates por llevar al engaño malintencionado. Si se quiere debatir el diseño inteligente siempre puede hacerse, pero desde un foro filosófico o religioso; nunca científico. Después de todo, el diseño inteligente no es ciencia.
Con el tiempo se modificó un poco la estrategia y se pasó a denunciar la intransigencia e intolerancia de la comunidad científica ante aquellas nuevas ideas que se atrevían a cuestionar sus ‘verdades establecidas’. Esta nueva estrategia para conseguir publicidad (que se ha tragado mucha gente religiosa) consiguió llevar a los tribunales a diversos grupos de profesores que se encabezonaron en que sus alumnos deberían aprender en sus libros de ciencia que tanto el creacionismo, como el diseño inteligente y la evolución eran teorías igualmente válidas y que por tanto tenían derecho a conocer todas las posibilidades para después elegir cuál de ellas querían aceptar. Hubo varios juicios y todos ellos dieron la razón a la comunidad científica, con algunos momentos apoteósicos protagonizados por algunos de los líderes intelectuales del diseño inteligente, entre ellos Michael Behe. La lectura de esos veredictos (accesible en internet), aunque un tanto larga, debería ser obligatoria para todo aquel que quiera entender los asuntos relacionados con este debate.
Imagino que estos datos ayudan en cierto modo a entender las razones que puede tener la comunidad científica para no aceptar debates con ciertos grupos que pretenden exponer ciertas ideas como si fuesen científicas, por las implicaciones que dichos debates parecen provocar por el mero hecho de ser realizados en foros y universidades que aprueban y utilizan el método científico en sus investigaciones del día a día. Por supuesto, siempre debería haber una puerta abierta al debate de cualquier idea, pero deberíamos abogar por que dichos debates fueran realizados en los foros adecuados con total transparencia de motivaciones e intenciones para que no tengan lugar ciertas manipulaciones que ya han ocurrido en otras ocasiones. La ciencia es ciencia y como tal tiene un método que rige su terminología y su forma de hablar y argumentar. Es curioso: existen evolucionistas cristianos, agnósticos y ateos, pero no conozco a ningún creacionista ateo. La comunidad científica, muchos de ellos creyentes de distintas religiones, tiene una forma de hablar basada en un método que, con sus más y sus menos, ha sido aceptado por todos como ‘las reglas del juego’. Sin embargo ese parece ser un tipo de lenguaje no reconocido por estos otros grupos. En una sociedad donde predomina la libertad de expresión podemos defender cualquier cosa: podemos decir que la astrología es más científica que la astronomía o que la luz de Sol procede del dios Ra y no de la fusión nuclear. Pero si lo hacemos hemos de hacerlo con claridad, sin oscurantismo político. Podemos hacerlo, pero en los foros adecuados.
Para acabar creo que los cristianos podemos hacer mucho más de lo que estamos haciendo en nuestras iglesias y seminarios para informar adecuadamente e intentar poner el Cristianismo sobre una base más sólida en lugar de intentar basar toda nuestra fe en el ‘dios de los huecos’, ese dios que vive en aquellos lugares que la ciencia aún no ha podido desvelar. Aún hoy sigo encontrando libros y artículos escritos por doctores en biología cristianos que deciden enfrentar su fe con la ciencia y por medio de ello confundir a mucha gente que creía que ambas podían convivir perfectamente (como ha ocurrido durante siglos). Aún hoy leo escritos muy desinformados donde se proclaman aberraciones acerca de la evolución y sus implicaciones racistas y homicidas que no hacen otra cosa que nublar la realidad y evitar conversaciones y debates serios sobre estos asuntos. Aunque esto sorprenda a muchos, el Cristianismo es una de las religiones más materialistas que existen (o por lo menos lo era). De hecho, el mito del Génesis se encarga de repetir constantemente que la materia que Dios creaba cada día ‘era buena’. ‘Los cielos declaran la gloria de Dios’, y en esta línea de pensamiento no deberíamos tener tantos problemas para aceptar que la evolución también. Quizá deberíamos ser un poco más abiertos y fomentar esta libertad de expresión que tanto buscamos en otros foros, en medio de nuestras iglesias y seminarios organizando debates que nos abran los ojos a un nuevo tipo de diálogo sin barreras ni supersticiones ni tabús. Quizá eso ayudaría a ir cambiando la percepción que se tiene desde fuera de una iglesia cristiana encerrada en sí misma y con un tremendo miedo a sacar la cabeza de la caja.
“Para acabar, por tanto, no dejemos que ningún hombre piense o declare, desde una sobriedad procedente del auto-engaño, o desde una moderación mal aplicada, que el ser humano puede llegar demasiado lejos en su búsqueda o que puede llegar a estudiar demasiado del libro de la palabra de Dios, o del libro de las obras de Dios [su naturaleza]; divinidad o filosofía; más bien dejemos que el ser humano continúe progresando en ambos hasta el fin” (cita de Francis Bacon, utilizada por Charles Darwin en una de sus ediciones del Origen de las Especies)
http://www.lupaprotestante.com/blogs/textoseideas/?p=211 

Tags: Darwin

Publicado por Desconocido @ 23:11  | Teología Natural
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