La Teologia en Crisis

martes, 10 de marzo de 2009

Macro vs. Micro-evolución

Opinión
lunes, 09 de marzo de 2009

Macro vs. Micro-evolución*

José Ángel Fernández, España

Natura non facit saltum” (Darwin)

A la naturaleza no le gustan los saltos. ¿Por qué? En palabras del propio Darwin:

Si observamos la teoría de la selección natural podemos entender con claridad por qué no: porque la teoría de la selección natural actúa solamente por medio de pequeñas y sucesivas variaciones; no puede nunca dar un gran salto de repente, sino que debe avanzar por medio de pasos cortos y seguros, pero lentos”.

En un escrito de 1972, Niles Eldredge y Stephen Jay Gould decidieron tomar este asunto en sus manos y tantear interpretaciones alternativas a estos cambios lentos y graduales. Según estos dos autores, para que la evolución actuara siempre por medio de estos cambios lentos, tendríamos que poder encontrar en el registro fósil una larga serie de fósiles intermedios entre las especies que mostraran esos cambios; esa sería la única forma de probar dicha teoría. Sin embargo, estos autores afirmaban en su escrito, los paleontólogos habían sabido durante años que el registro fósil no tenía esa forma. Como escribió Gould:

Durante millones de años una especie permanece sin cambios en el registro fósil, para luego de repente desaparecer y ser sustituida por otra substancialmente distinta, aunque claramente relacionada con la anterior”.

Esta nueva idea recibió el nombre de ‘teoría del equilibrio puntuado’ y fue entendida por muchos lectores como una alternativa radical al gradualismo tradicional que formaba parte de la teoría de la evolución. Durante los 1980s el equilibrio puntuado se convirtió en el tópico estrella de debate entre evolucionistas, y al llegar a los 1990s había alcanzado un lugar en los libros de texto de ciencia.

Para mi sorpresa, en ocasiones me he encontrado a algunos defensores del creacionismo y del Diseño Inteligente (ambos grupos comparten argumentos muy a menudo) utilizando las teorías de Gould y Eldredge a su favor como si estos dos investigadores hubieran estado ofreciendo una alternativa a la teoría de la evolución de Darwin, como si las teorías expuestas por estos científicos pudieran ser utilizadas para defender una separación innata entre los procesos de la micro-evolución (evolución dentro de una misma especie) y la macro-evolución (evolución entre especies). Así que es menester pasar a explicar por qué esto no es así.

Hoy día no existen muchas personas informadas, cristianas o no, que se atrevan a rechazar el primero de estos procesos. La micro-evolución es un hecho, y los biólogos que trabajan en laboratorios de todo el mundo saben esto de sobra. De hecho hay innumerables ejemplos en la literatura que muestran con toda claridad cómo ciertas mutaciones genéticas en ciertos organismos, posteriormente seleccionados (mediante la selección natural), producen organismos capaces de adaptarse a una infinidad de situaciones por medio de cambios imposibles de prever con antelación. Curiosamente estas mutaciones, lejos de ser siempre defectuosas y de provocar la muerte de los organismos, a menudo actúan para provocar precisamente lo contrario: su supervivencia. Y de la misma manera existen muchas evidencias que apuntan a que precisamente por medio de este tipo de cambios pequeños y graduales organismos y estructuras bioquímicas simples pueden dar lugar a organismos y estructuras bioquímicas más complejas.

Aún así, no deja de resultar ciertamente extraño que aún haya personas que se empeñen en negar las evidencias que confirman la existencia de micro-evolución en distintos organismos. A menudo podemos escuchar (sobre todo, por no decir únicamente, en grupos creacionistas o entre defensores del Diseño Inteligente) que no existe la más mínima constancia de que existan o hayan existido tales mutaciones beneficiosas. Sin embargo, si preguntamos a cualquier doctor del departamento de infecciones de cualquier hospital, seguro que pueden citar cientos de casos que muestran el éxito provocado por medio de este mecanismo de mutaciones y selección natural cuando lo aplicamos, por ejemplo, a distintos agentes biológicos patógenos. Y no vale decir, como algunos hacen, que los genes que provocan la resistencia a ciertos antibióticos han debido estar siempre presentes en los agentes; basta con recordar que en muchas ocasiones se ha conseguido producir genes de resistencia completamente nuevos, ¡y bajo condiciones de laboratorio controladas! De hecho, si se creyera realmente que las bacterias no pueden evolucionar genes de resistencia completamente nuevos, todo lo que tendríamos que hacer para vencer totalmente algunas enfermedades sería crear antibióticos sintéticos completamente nuevos. Dado que no existirían genes para combatirlos, y dado que la evolución de mutaciones beneficiosas sería imposible, estos antibióticos serían invencibles. Los investigadores saben de sobra que esto desafortunadamente no ocurre.

Lo cierto es que es difícil hacer ver (a aquellos que no quieren ver) la abundancia de evidencias que existe hoy en el mundo científico y que sirve para confirmar la existencia de la micro-evolución. Aunque es verdad que, incluso poniendo ejemplo tras ejemplo de esto, seguro que aún quedarán personas que dirán necesitar más pruebas para creer que el fenómeno de la micro-evolución existe y está constantemente presente a nuestro alrededor, que seguirán creyendo que las mutaciones aleatorias son siempre perjudiciales y que por tanto necesitamos la mano sobrenatural de un diseñador porque la naturaleza es incapaz de generar nuevos genes simplemente a partir de mutaciones y selección natural, gracias a Dios poco a poco los cristianos están comenzando a aceptar que la micro-evolución es, después de todo, un hecho natural que resulta imposible negar.

Sin embargo cuando pasamos del fenómeno de la micro-evolución al de la macro-evolución el asunto se vuelve más problemático para muchas mentes. Aunque muchos están dispuestos a aceptar que dentro de una misma especie existe un gran potencial para el cambio que puede dar lugar a toda la diversidad que encontramos hoy día en el reino animal, cuando hablamos de la posibilidad de que una especie cambie para formar otra el debate cambia de tono. Es precisamente en este contexto de reacción en contra de la teoría de la evolución entre especies que palabras como las utilizadas por Gould y Eldredge en su escrito, palabras como ‘aparición repentina’ de una especie, adquieren un significado que va más allá de su intención inicial. De hecho, no deja de ser irónico que estos dos autores hayan sido citados a menudo por los defensores del creacionismo y del Diseño Inteligente. Leamos, por ejemplo, lo que escribe Phillip Johnson, uno de los padres del Diseño Inteligente:

“Niles Eldredge ha escrito: ‘No es de extrañar que los paleontólogos se hayan escondido tan a menudo de la evolución. Parece que nunca ocurre’. Nuevas cosas aparecen de repente en las rocas datadas en distintas épocas, pero no hay ningún patrón de transformación gradual y no hay forma de identificar los ancestros específicos de los distintos grupos”.

Johnson utiliza estas palabras de Eldredge para argumentar que la evolución que los científicos normalmente dicen poder demostrar como un hecho no encaja bien con los saltos puntuales que el registro fósil demanda. Es importante recordar en este punto que contra lo que Johnson argumenta aquí es contra la macro-evolución. El mismo ha dejado claro en alguna ocasión que: “el mecanismo de mutación/selección natural nunca ha producido nada que fuera más impresionante que variaciones dentro de una misma población pre-existente (micro-evolución)”. Por tanto, vale la pena enfatizar, Johnson acepta que la evolución es un hecho, pero niega que dicho mecanismo sirva para producir cambios entre especies.

Antes de pasar a tratar el fenómeno de la macro-evolución, tenemos que detenernos en la diferencia semántica entre estos dos términos. Cuando alguien habla de micro-evolución, da la impresión de que de lo que se está hablando es de cambios pequeños, mientras que cuando alguien habla de macro-evolución se entiende de alguna forma que los cambios han de ser más grandes. Sin embargo hay dos problemas con esta forma de entender los términos. Primero, nadie ha explicado lo que ‘grande’ y ‘pequeño’ quiere decir en este contexto. Por ejemplo, lo que diferencia a unas especies de bacterias de otras es precisamente la diferencia que existe entre algunos pocos de sus genes. Pero hemos visto (y Johnson acepta) que los cambios de unos genes a otros y la creación de nuevos genes son parte del proceso de la micro-evolución dentro de los organismos. Por tanto, ¿qué impide que podamos hablar de evolución de unas especies de bacterias a otras? Si el mecanismo que mueve la micro-evolución puede servir para rediseñar un gen en menos de 200 generaciones (¡lo que en algunos casos ocupa un plazo de tiempo de 10 días!), ¿qué principios de bioquímica o de biología molecular impiden que este mismo mecanismo rediseñe docenas o cientos de genes y dé lugar a una nueva especie en unas pocas semanas o meses? Lo cierto es que no existen esos principios.

Pero hay otro problema, quizá más de fondo. Distinguimos entre distintas especies de animales mirando a su morfología, su apariencia, el tamaño y la forma de sus huesos en el cuerpo, etcétera. Según Johnson (y algunos otros) cada nueva especie que aparece en el registro fósil demanda un nuevo mecanismo, completamente distinto al que conocemos de la micro-evolución, que pueda explicar cambios tan ‘grandes’. Por supuesto, ninguno de estos críticos ha hecho un estudio cuidadoso que explique la cantidad de cambios que debemos considerar para poder hablar de dos especies distintas ni la velocidad a la que estos cambios han de producirse para considerarlos consecuencia de algún mecanismo desconocido. Pero estudios hay en el campo de la biología que demuestran que el cambio genético que se puede producir en algunas especies de animales (bajo condiciones controladas) en 10 años es de 10.000 a 100.000.000 veces superior a la velocidad de cambios genéticos observados en el registro fósil. Si ningún científico serio se atrevería a afirmar que existe un nuevo mecanismo que provoca esos cambios tan dramáticos en los experimentos controlados que se realizan, ¿por qué tendría que ser necesario argumentar, con Johnson, que esos cambios de apariencia en el registro fósil, mucho más lentos que los observados en muchos experimentos, requieren de nuevos mecanismos? La conclusión que se deriva de estos dos puntos es que los procesos propios (y aceptados) de la micro-evolución sirven de sobra para explicar incluso las transiciones más rápidas documentadas en el registro fósil.

Lo que me trae, finalmente, a tratar directamente con los problemas de argumentar en contra de la macro-evolución.

Cito solamente dos:

1. Consideremos dos grupos de islas aislados: Cabo Verde, en la costa de africana, y las Islas Galápagos, cerca de la costa occidental de América del Sur. Ambos grupos de islas contienen especies que son únicos en ellas y que no se repiten en ningún otro lugar del mundo. Los que argumentan en contra de la macro-evolución han de afirmar que estas especies deben haber sido diseñadas especialmente para cada grupo de islas por algún ser inteligente. Pero inmediatamente surge una pregunta en nuestra mente; en palabras de Darwin:

“Hay un gran parecido en la naturaleza volcánica del terreno, en el clima, el tamaño y la altura de las islas que encontramos en el archipiélago de las Galápagos y Cabo Verde: ¡pero qué gran y absoluta diferencia entre sus habitantes! Los habitantes de las islas de Cabo Verde están muy relacionados con los de Africa, mientras que los de las Galápagos lo están con los de América. Creo que este hecho no puede ser explicado por medio de actos independientes de creación”.

Es decir, que las especies únicas de cada grupo de islas están relacionadas muy de cerca con las especies pertenecientes a los continentes más cercanos a ellas. Un hecho que es sencillamente explicable por medio del fenómeno de la macro-evolución pero que se convierte en una gran incógnita en manos de sus críticos.

2. Volviendo sobre las teorías de Gould y Eldredge, tan utilizadas por los críticos de la macro-evolución, hemos de notar un aspecto importante de esas ideas. Si recordamos lo que dije en un párrafo anterior acerca de la velocidad en los cambios entre especies, podemos percibir el principal problema para los que interpretan las ideas de Gould y Eldredge como si estos estuviesen argumentando en contra de la teoría de Darwin: lo cierto es que la ‘teoría del equilibrio puntuado’ no es otra cosa que un intento de llamar la atención de los científicos hacia el hecho de que el proceso evolutivo no siempre transcurre con la misma velocidad. A menudo esta teoría se confunde, erróneamente, con otras como la catastrofista de Georges Cuvier o la de los saltos de Richard Goldschmidt (saltos que según este autor no pueden ser encajados en las teorías evolutivas convencionales). Sin embargo Gould y Eldredge no están intentando ir en contra del gradualismo de Darwin sino exponer un tipo distinto de gradualismo. El propio Gould llamó la atención con respecto a este malentendido, afirmando que aquellos que creen que sus ideas se oponen a Darwin simplemente no han estudiado el registro fósil lo suficiente y cuando hablan de periodos de tiempo ‘lentos’ o ‘instantáneos’ no están pensando en términos geológicos.

Vale la pena recordar que Darwin nunca dijo que el movimiento gradual del proceso evolutivo tuviese una velocidad constante. Como él mismo escribió, después de dibujar uno de sus conocidos árboles de antepasados:

“Debo enfatizar que no supongo que este proceso deba transcurrir de forma tan regular como aparece dibujado en el diagrama… ni que continúe constantemente; es mucho más probable que cada especie continúe sin ninguna alteración durante mucho tiempo, para luego ser modificada en algún momento”.

Lo importante para entender esta forma de hablar en términos geológicos, como dijo Gould, es recordar que cuando alguien habla de cambios repentinos está hablando de cambios que tienen lugar en miles y miles de años, de cambios “geológicamente instantáneos”. La manera en la que muchos de los críticos de la teoría de la evolución entre especies han manipulado y malinterpretado las palabras e ideas de Gould y Eldredge muestra que no han dedicado suficiente tiempo a entenderlas. Si hubieran dedicado algunas horas a leer algunos de los escritos de Gould habrían encontrado con toda claridad que este científico es uno de los mayores defensores de la teoría de la evolución de Darwin. De hecho, uno de los organismos de estudio de Gould, el cerion rubicundum (un tipo de caracol), sirve de ejemplo de cómo una especie puede dar lugar a otras en tiempos geológicos recientes (lo que se considerarían cambios instantáneos en la teoría del equilibrio puntuado) pero por medio de cambios y transformaciones pequeñas y graduales.

Es interesante pensar en la imagen que un anti-evolucionista ha de tener en mente cuando estudia el registro fósil. Según aquellos que niegan la macro-evolución, cada vez que aparece una nueva especie en el registro fósil no se trata, en ningún caso, del descendiente de ninguna otra especie sino que tiene que tratarse del diseño de alguna inteligencia superior. Esto convierte al registro fósil en el registro de las acciones de algún ‘diseñador divino’. Y al mirarlo tenemos que deducir que durante dos mil millones de años de historia terrestre el diseñador decidió diseñar únicamente microorganismos. Luego decidió empezar a pensar en diseñar algún organismo multicelular, creando una gran variedad de organismos que sobrevivieron por poco tiempo. En el cámbrico el diseñador produjo una variedad extraordinaria de organismos multicelulares, pero aún no se le ocurrió diseñar a ningún vertebrado. Más tarde, el diseñador produciría un buen número de animales desperdigados por ahí pero situados de tal manera que sirvieran para confundir a todos aquellos que estudiaran el registro fósil y hacerles creer que había alguna relación entre ellos. De hecho, se encargó de que las características de los nuevos animales mostraran muchas similitudes con los animales que había creado antes (¿quizá le faltaba imaginación?). Por ejemplo, después de diseñar algunos mamíferos que vivieran exclusivamente en tierra, pensó en rediseñar otros mamíferos, como delfines y ballenas, que vivieran en agua; eso sí, no sin haber diseñado antes un tipo de criaturas mamíferas medio-terrestres y medio-marítimas.

Esto es precisamente lo que alguien que defiende el diseño inteligente de nuevas especies tiene que creer necesariamente si ha de ser coherente. Como hemos visto, estos críticos de la evolución han de explicar de alguna forma el hecho de que el diseñador tenga la manía de diseñar organismos que sirvan para hacer pensar a los estudiosos que son producto de la evolución. ¿Está acaso el diseñador intentando engañarnos?, ¿hay alguna razón por la que no pudo hacerlo todo bien en el primer intento?, ¿es el diseñador lento a la hora de aprender, a pesar de poseer tantos otros poderes? Sin duda, debe tener la suficiente inteligencia como para diseñar un elefante africano, pero aparentemente no tanta como para hacerlo bien a la primera. Quizá es por eso que tenemos fósiles de un par de docenas de casi-elefantes extintos en los últimos pocos millones de años. Si no, ¿por qué tenemos evidencias de tantos experimentos fallidos?

No me cabe duda de que los críticos de la evolución (tanto macro como micro) hacen un flaco servicio al Dios del Cristianismo, poniéndole en el papel de un mago que periódicamente ha de entrar en el proceso natural para crear nuevas especies durante tiempos inmemoriales. Lo cierto es que el Dios del Cristianismo no es un mago que trabaja por medio de trucos baratos. Más bien su ‘magia’ se encuentra en la fábrica misma del universo. El registro fósil no consiste en una serie de trucos cuidadosamente situados con el único propósito de engañarnos. El registro fósil representa, con todas sus imperfecciones, una épica historia de cambio evolutivo, la historia de la vida en este planeta en toda su diversidad y magnificencia. Una historia de la que todos formamos parte.

(*Texto basado en el capítulo 4 del libro de Kenneth R. Miller, Finding Darwin’s God)

Fuente: Lupaprotestante


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